La llegada de los tabarquinos a Alicante

Según consta en el Legajo 3568, Sección Estado, del Archivo Histórico Nacional de Madrid, la llegada de los tabarquinos a Alicante sería comunicada al Conde de Aranda por el Capitán J. Díaz Veanes y por los Padres Redentores con fecha 7 de marzo de 1769. Es un momento de gran euforia que une, en el éxito positivo de una gran operación de rescate, a todos los protagonistas de este extraordinario periplo, y que tiene en el centro de atención la obra siempre incierta y arriesgada de los Padres Redentores, y la segura y determinante del Capitán Díaz Veanes, en la actuación de sus específicos cargos. Del mismo modo, el Gobernador de Alicante, Conde de Bayllencourt, así como el Gobernador de los Tabarquinos, Don Juan Leoni, envían sus comunicaciones a Madrid, donde se reciben con ansiedad y emoción todas las noticias, dando rápida información al Rey Carlos III.

En un primer momento, los recién llegados fueron hospedados en el Colegio de la Compañía de Jesús de Alicante, en espera de que en la Isla Plana se finalizaran las estructuras de acogida de toda la comunidad. Por eso el Colegio sería un lugar de tránsito, ya preparado desde cuando los jesuitas estuvieron expulsados del Reino, por decreto del propio Conde de Aranda de 27 de febrero de 1767.

Pero mientras la expulsión de los jesuitas había acontecido con rapidez, las operaciones de venta de los bienes desamortizados habían seguido bastante despacio, con reflejos negativos para el asentamiento de los nuevos habitantes de la isla y también en la permanencia provisional en Alicante. Era necesario gastar 50.000 reales para el mantenimiento de la comunidad durante la estancia en la ciudad. El atraso era debido en parte a las administraciones locales, que no habían publicado los boletines de venta, y en parte también a la desconfianza de los compradores. Fue necesario solucionar el problema con la publicación de una Real Cédula el 8 de noviembre de 1769, que daba un plazo de 40 días a dichas administraciones para publicar las subastas, y al mismo tiempo garantizaba los contratos de compra declarándolos firmes, estables, perpetuos y seguros. De hecho, las primeras estructuras de acogida en la isla acabaron de hacerse casi al principio del invierno, y los tabarquinos se trasladaron a ella oficialmente el día 8 de diciembre de 1769, festividad de la Inmaculada Concepción.

El Rey Carlos III había confiado al Conde de Aranda dicha tarea de asentamiento en la Isla Plana. Por consiguiente, como primer paso, el 21 de febrero de 1769 el Conde había dado disposición al Gobernador de Alicante de proveer a la Puntual Matrícula de los tabarquinos, siendo este registro ejecutado en dos tiempos distintos, por necesidad y para cumplir con escrúpulo las órdenes recibidas: al momento de la llegada de los rescatados a Alicante, y cuando éstos fueron trasladados a la isla. Y es en esta última ocasión cuando el Gobernador compila formalmente, como acto oficial, el Libro de la Población admitida en la nueva colonia de la Isla Plana de San Pablo, que por disposición del Conde de Aranda debía tener como preámbulo la Orden de 21 de febrero de 1769, y debía guardarse en el Archivo de la Nueva Población, quedando otra copia auténtica en el Archivo de esta ciudad.

Para celebrar el acontecimiento se ofició una misa en presencia de todo el pueblo tabarquino, reunido al completo en su nueva estancia. Según Francisco Montero Pérez, el escrito que recoge el sermón pronunciado en aquella ocasión, en el frontispicio dice: Sermón de la Concepción Inmaculada de María Santísima, elegida titular y patrona de Nueva Tabarca, ciudad que se está edificando en la Isla Plana de S. Pablo por habitación de los tabarquinos redentos, pronunciado el día 8 de diciembre de 1769, por un religioso carmelita calzado de la provincia de Valencia. Fueron reconocidos como copatrones los santos Pedro y Pablo, de forma que las dos grandes festividades fueron fijadas el 29 de junio y el 8 de diciembre. Aunque la isla llevaba el nombre de San Pablo, y era sabido que San Pedro es el patrón de los pescadores, hay quien ha querido ver en esto una significativa dedicación al Conde de Aranda, que se llamaba exactamente Pedro Pablo.

La Matrícula de los tabarquinos rescatados está estructurada en 68 familias, más un listado de 32 que no constituyen ni pertenecen a ninguna. Un total de 296 tabarquinos, teniendo presente que había que quitar los fallecidos durante la estancia en Alicante y matriculados a la fecha de su llegada a la ciudad. De ellos, 31 habían nacido en territorio italiano, fundamentalmente en Génova, 137 en la antigua Tabarka tunecina, 70 nacieron durante el cautiverio en Túnez y 58 durante el cautiverio en Argel.
Desde el principio de la colonización, la isla ha pertenecido al municipio de Alicante. Desde el punto de vista religioso a la Diócesis de Orihuela, y militarmente a la Capitanía General de Valencia en cuanto al ejército de tierra se refiere, y al Departamento Marítimo de Cartagena a efectos navales.

El asentamiento de los tabarquinos fue acompañado de medidas legislativas, con las que el Rey Carlos III concedía a estos colonos, según Rafael Viravéns i Pastor, privilegios y exenciones dispensándolos del servicio militar y del pago de impuestos directos e indirectos a las cuales obligaciones estaban sometidos los pueblos de la monarquía. A cada familia fue asignada en la isla una casa numerada con acto formal y recibo regular. Además de estas providencias, la isla fue dotada de una embarcación a disposición del Gobernador, para asegurar las relaciones con Alicante.

La seguridad fue confiada a una galeota, para la vigilancia en la mar, durante todo el período de las construcciones, y con la propuesta de Don Carlos Reggio fue nombrado como Comandante el Teniente de Fragata Jaime Planells, según consta en el Archivo Histórico de la Armada en Cartagena, que también recoge la facultad que fue otorgada a los tabarquinos en 1770, de pescar sin ser matriculados. Para el desarrollo de la pesca fueron concedidas seis embarcaciones aparejadas.
Todas las construcciones de la isla fueron confiadas por el Conde de Aranda al ingeniero Fernando Méndez de Ras, Coronel de Infantería, que elaboró un comprometido proyecto orientado a la construcción de una ciudad fortaleza, con la característica de ser por completo encerrado dentro de las murallas, reforzadas con torres y baluartes, en comunicación con el exterior a través de tres puertas, alguna de ellas con puente levadizo durante algún tiempo. El asentamiento habitable surge en la parte central, mientras que a lo largo del perímetro interior se crean almacenes, depósitos de armas y municiones, algunos reforzados con techo abovedado para aumentar su resistencia.
El plano de la Plaza de San Pablo, de 5 de abril de 1772, realizado por Fernando Méndez y reproducido en las páginas de la Crónica de Viravéns, en la mejor guía del asentamiento, no sólo desde el punto de vista de la toponimia, más bien en sentido histórico, porque pone a la vista lo que ha quedado por hacer, los cambios ocurridos en el transcurso del tiempo y cuánto se ha perdido. Fue precedido de otro documento cartográfico también de Méndez, definido como Plano de la isla Plana y del cabo de Santa Pola, que lleva la fecha del 16 de agosto de 1766, y que permite observar cómo los recién llegados mantuvieron la mayor parte de los topónimos preexistentes. Las construcciones comenzaron el 3 de julio de 1769, y tras su llegada a la isla participaron en ellas largamente los tabarquinos.
Pero Nueva Tabarca estaba sometida a duro examen a través de una comisión encargada de recopilar un elenco de los residentes, correspondiente con la real situación residencial y laboral de cada uno, dirigida por el Gobernador Interino, Capitán Alejandro Stermont, y por el Alcalde Don José Sales. Y durante los días 24 y 25 de marzo de 1779, transcurridos diez años desde la llegada de los tabarquinos a Alicante, las investigaciones de esta comisión concluían datos, muchos de ellos sugerentes de clara situación de declive, como son los siguientes:
  • La población de la isla era de 328 tabarquinos y 15 españoles.
  • 27 casas estaban vacías.
  • Hay un Ayudante Mayor de la Plaza, un médico, un cirujano, una maestra, un director de la fábrica de textil, dos tejedores, un director de los esparteros, cuatro esparteros, un sacristán, un artillero, un sastre, un zapatero, un carpintero, un barbero, un hornero con su ayudante, tres tenderos, un alquilador, un alistador, un aguador, un pescador, veintiocho jornaleros, diez marineros, dos guardianes y seis obreros.
  • En el almacén de Alicante resultan ocupados un escribano, un almacenista y seis obreros.
  • Sorprende el hecho de que hay fugitivos que, o bien han regresado a Túnez o a Argel, o bien no han soportado la condición de insularidad.
  • Hay familias divididas, en cuanto que el marido está todavía en Argel como esclavo.
  • Los trabajadores perciben el salario normal, mientras las viudas, los mayores y las mujeres solas con hijos reciben un subsidio diario, en cuotas proporcionales a las personas que componen la familia.
  • La mayor parte de los colonos viven en la más escuálida miseria por falta de actividad laboral.
  • En total hay 127 hijos.
  • Apenas se trabaja la tierra.
  • Las embarcaciones del Rey están sin usar, faltas de mantenimiento y reparaciones. La pesca, paradójicamente, apenas se practica. Muchos de los que antes se dedicaban a la pesca, trabajan ahora de jornaleros.
  • La fábrica de esparto no funciona por falta de materia prima.
  • Se señala la falta de leña y de agua, y se observa la necesidad de aprovisionamiento diario de agua en embarcaciones desde Alicante. Son insuficientes los depósitos.
  • El terreno es calificado de estéril, tanto por su composición arenosa y salitrosa, como por su calidad pedregosa. Además, los fuertes vientos del mar sólo permiten el crecimiento de cantidades muy limitadas de barrilla y cebada.
  • Sólo han arraigado tres higueras, algunas flores y unas pocas hortalizas, sin embargo en toda la isla crecen higos chumbos.
  • La muralla y la fortaleza están muy expuestas a los efectos de las olas, siendo la calidad de la piedra inadecuada, sacada del mar, y que se degrada rápidamente en polvo y arena.
  • La parte oriental de la isla está indefensa y es de fácil desembarco.
  • El depósito de pólvora está fuera de las murallas y sin vigilancia.
  • No hay hospital ni cuartel militar.
Al fin es dado como hecho notorio que no había necesidad de construir una Plaza semejante, ni de asentar una población entera, porque para hacer frente a la piratería argelina hubiera sido suficiente construir dos fuertes o torres con un pequeño destacamento. Se pone en evidencia la obvia relación de este deterioro con la caída del gobierno presidido por el Conde de Aranda, acaecida el 19 de febrero de 1777.
Frente a la situación real era entonces necesario activar la población residente, de forma que fuera posible la gestión pasiva de una colonia necesitada de sostén. Esa mejora se inició promovida por la llegada de José Rouge como Comandante Interino de la Plaza. La colonia sobrevivió, aunque circunscrita en sí misma y con poca vida, sin la expansión transformadora soñada, hasta 1835 en que se completó la incorporación de los tabarquinos en el estado español, desapareciendo el régimen especial y pasando a ser gobernada por la administración ordinaria.
Los instrumentos de la incorporación étnica de los tabarquinos fueron: la escuela, donde la instrucción primaria empezaba en lengua castellana, durante el régimen especial; la Iglesia con motivo de su ministerio sacerdotal y de las catequesis en lengua castellana y valenciana; y la vida militar, donde se usaba el castellano. El valenciano fue en definitiva la lengua practicada por los tabarquinos, como consecuencia de las relaciones diarias con la costa alicantina, con la venta del pescado en la playa del alicantino Barrio de San Gabriel, como obviamente en la costa de Santa Pola. E influyó por último el arraigamiento en la isla de ribereños españoles, que ya anteriormente la habían frecuentado, como por ejemplo los obreros que habían participado en las obras para la construcción de la fortaleza, los militares encargados de la defensa, y el personal instructor, algunos de los cuales se casaron con mujeres tabarquinas.
A partir de todo ello, la historia de los tabarquinos comienza a identificarse con la historia de España. Particularmente significativa es, por último, la presencia demográfica de las nuevas generaciones nacidas en Nueva Tabarca, que debemos tener en cuenta frente al silencio de los archivos. Lo demás, es historia.
Bibliografía:
– Archivo Histórico de la Armada en Cartagena
– Archivo Histórico Nacional de Madrid
– Archivo Municipal de Alicante
– Archivo Municipal de Cartagena
– Arturo Lenti. Los pescadores de Tabarca y Nueva Tabarca
– Francisco Montero Pérez. Breves apuntes sobre la Isla Plana
– José Luis González Arpide. Los Tabarquinos
– Rafael Viravéns i Pastor. Crónica de Alicante
– Vicente Martínez Morellá. Matrícula de los tabarquinos rescatados de Argel en 1769
Fotografía:
– Archivo Municipal de Alicante (AMA)
Autor: ARMANDO PARODI ARRÓNIZ

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